La llamada

Juventud, Ministerio, Pandillas, Reflexiones, Violencia
En mi teléfono, tengo el número de una amiga que casi nunca me llama.  Su nombre es Lourdes(*).  La semana pasada, recibí una llamada y la pantalla de mi teléfono se iluminó con el nombre de ella.  Me sorprendí y contesté sonriendo, pensando en porqué me estaba llamando.  Entonces, escuché una voz de hombre al otro lado, diciéndo “¿Estoy hablando con Liz?”  Mi corazón se detuvo por dos segundos. La voz del hombre  me hizo recordar que a Lourdes, le habían robado el teléfono hacía dos semanas, y lo primero que vino a mi mente, fue que los ladrones estaban llamando a los contactos del teléfono robado y que iban a empezar a extorsionarme.

En un país donde uno de cada seis habitantes ha sido víctima de violencia en los últimos tres años, una llamada de extorsión no es algo extraño.  Periódicos y noticieros hablan a diario de cómo la intimidación, pánico y paranoia se han adueñado de los guatemaltecos.  Cada vez que alguien empieza a hablar de este tema, la conversación puede durar horas:  Cada quien tiene opiniones sobre el origen de la problemática, las soluciones tentativas, la manera en que debemos reaccionar… en fin.  Es parte de la catársis al estar amarrado de manos ante un problema de mayores dimensiones.  Es muy difícil entender esta perspectiva como cristiano, y mucho más controversial cuando nosotros como ministerio hemos apoyado a aquellos agentes de transformación que trabajan en evangelismo, reinserción y rehabilitación de pandilleros.

La llamada me dejó pálida, con los labios resecos y cuando respondí: “Sí, soy Liz.”  Respiré profundo, decidida a colgar al menor indicio de extorsión. Pero mi interlocutor con una voz cálida respondió: “Ah! hermana, le estoy llamando para avisarle que ya terminamos el proyecto que estabamos haciendo para usted. Ya puede venir por el.”
Resulta que “la voz” había pedido prestado el teléfono a Lourdes, quien después del robo, había recuperado el número de su teléfono, y ya me había puesto de nuevo en sus contactos.  El muchacho que me llamó forma parte de un proyecto de microempresa en el cual se están dando oportunidades de trabajo a jóvenes para que tengan una alternativa a las pandillas.

Y aunque la llamada era completamente diferente a lo que pensé, colgué el teléfono con una sensación de alivio, pero también de tristeza.  Aunque nunca he tenido un encuentro específico con las extorsiones telefónicas, sé que esta es la historia del día a día de muchos:  En promedio cinco casos al día son reportados. Aunque esta vez no fue el caso, si pasó por mi mente, y me di cuenta de cuan breve es mi fe: mi fe dura dos segundos: los mismos dos segundos que mantuve silencio después de escuchar mi nombre.

Leí una frase que resume lo que sentí:  “La decisión de servir en el ministerio fue solo el primer paso. La encarnación es una decisión cada día.” Resulta fácil pensarlo ahora, pero en ese instante, mi deseo era colgar. Literalmente, no quería escuchar a alguien con algo que decirme.  Podía ser algo atemorizante, y durante dos segundos, no tenía suficiente fe como para decidir escucharlo. Es difícil tener una fe de más de dos segundos.  Es una decisión diaria.

 

Liz Herrera
Directora de Medios y Proyectos
CMT Guatemala



Comments :

  1. Steve Agudelo dice:

    Me identifico mucho con lo que dices, cuan fácil es tomar la decisión, pero que tan difícil es mantenernos. Este es mi primer año de depender 100% del Señor y ha sido en términos generales muy especial, pero muchas veces han habido esas luchas donde mi parte racional se entra en rebeldía. Pero como tu bien lo dices, lo mejor que podemos hacer es día a día recordar el por qué tomamos esa decisión y volverla a tomar.

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