Historias entrelazadas

Guatemala, Juventud, Ministerio, Reflexiones, Reparando

Una de las peculiaridades de trabajar en el mismo país, en la misma línea de ministerio, es la manera en que las historias se interconectan.  Y es que conocer a tantas personas cada día, -por ejemplo si trabajara en un supermercado, o un estacionamiento, aunque lo hiciera con todo mi corazón y eficiencia-, difícilmente me permitiría recordar sus rostros e historias.  Pero cuando se trabaja en lugares “difíciles,” no es sencillo pasar la página y olvidar a las personas, aun aquellas a quienes se les ha conocido brevemente.

Jóvenes que conocí en los callejones de un barrio en el centro de la ciudad, me saludan “¡Hermana Liz!” cuando me ven entrar al centro de detención… Una mujer que conocí en un asentamiento, y volví a encontrar cuando visité el refugio para mujeres maltratadas. Y es que a pesar de que un rostro familiar produce una sonrisa inmediata, el bagaje y el camino que nos conectó inicialmente, evoca un sentimiento de nostalgia, confusión e incluso a veces, tristeza.

En la narración del documental Reparando, Scott Moore dice que “no puede evitar pensar en las razones que les llevaron adonde están hoy en día” y esa frase resuena en mi cabeza cada vez que estoy en los lugares donde trabajan los líderes de nuestros ministerios.

Volver a ver a “Claudia” después de dos años, fue un momento agridulce.  Mis sueños, oraciones, esperanzas para su vida, no habían sido precisamente respondidos como yo hubiera querido.  Si bien ella había salido del hogar dode estaba siendo violentada, su “solución” había sido escapar sin rumbo fijo, a vivir junto a los cientos de indigentes que deambulan las calles de la ciudad de Guatemala.  Su rostro contaba una historia que yo realmente no podía escuchar.  Yo deseaba escuchar que le había ido bien en la vida, que había logrado grandes cambios, que las luchas y dificultades habían quedado atrás, pero esa aún no era la realidad para ella.

Cuando visité un hogar para niños en alto riesgo de pandilla, mi corazón se detuvo al sentir unos brazos apretando mi cintura diciendo “Hermana, usted fue mi maestra ‘allá’… en el asentamiento… pero ahora estoy aquí, ¡ayúdeme!” No supe que hacer, más que abrazarlo fuertemente antes de irme, preguntar a menudo por él, y orar cada vez que viniera a mi mente y mi corazón.  La siguiente vez que nos vimos, me tomé una foto con el.  Tres años después lo encontré sentado en un callejón, junto a pandilleros y jóvenes consumiendo drogas.  El no sonríe ni responde, aunque me reconoce. Intercambiamos miradas; me ve llorar y baja el rostro.

Pero esta semana, después de cinco años, volví a ver una carita  que reconocí de inmediato.  La última vez que lo ví, este niño, hijo de un colector de basura, me dijo que su “mayor sueño” era ser como su papá.  Años atrás, nuestra mayor interacción fue jugar pelota una vez por semana junto a otros 25 niños de su clase.  El era demasiado joven para recordarme; pero verlo uniformado, caminando por las calles de su barrio, abrazando a su mamá, ¡fue una imagen tan especial!  El seguramente no se percató, pero no lo dejé de ver hasta que dió la vuelta en la esquina, en la calle que conduce al basurero.

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Muchas veces me duele, lloro y me frustro al pensar en cuan poco “he hecho.” Y sé que no soy yo quien lo ha hecho, pero ese sentimiento no es tán fácil de separar.  Me angustia que los resultados sean tan pocos y tan esporádicos.  Me abruma no haber hecho algo más antes de que fuera “demasiado tarde.” Me aterra aún más pensar en aquellos niños y jóvenes con quienes no logré una amistad más profunda, de quienes no recuerdo su rostro, su nombre, su historia.

Pero aunque mi reacción sea agridulce -o incluso amarga-, aunque las historias no tengan el desenlace esperado, al menos ese segundo encuentro, aunque desesperanzador a primera impresión, me hace entender que el proceso de vida, servicio y ministerio no se limita al “tiempo que trabajé” o al “día que visité,” sino a cada oportunidad que el Señor nos concede de seguir interconectados.

 

Liz Herrera
Directora de Medios y Proyectos
CMT Guatemala



Comments :

  1. Silvia dice:

    No hay que perder la esperanza… nuestras oraciones no siempre son contestadas como quisiéramos, pero la semilla ha sido sembrada y Él es el que da el crecimiento, nosotros solo somos un medio de su amor.

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