La llamada

En mi teléfono, tengo el número de una amiga que casi nunca me llama.  Su nombre es Lourdes(*).  La semana pasada, recibí una llamada y la pantalla de mi teléfono se iluminó con el nombre de ella.  Me sorprendí y contesté sonriendo, pensando en porqué me estaba llamando.  Entonces, escuché una voz de hombre al otro lado, diciéndo “¿Estoy hablando con Liz?”  Mi corazón se detuvo por dos segundos. La voz del hombre  me hizo recordar que a Lourdes, le habían robado el teléfono hacía dos semanas, y lo primero que vino a mi mente, fue que los ladrones estaban llamando a los contactos del teléfono robado y que iban a empezar a extorsionarme.


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Una búsqueda incesante de amor

Hace muchos años, Dios, mi buen Dios, me dijo algo que tatuó mi corazón:”No puedes juzgar hasta que te hayas tomado el tiempo de caminar a la par de las personas y conocer aquello que Yo conozco.” Después de tomarme el tiempo o una vida entera para caminar al lado de algunas personas… ya no puedo, ya no quiero juzgar sino solo amar y “hacer” algo por ellos, algo justo.

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Viendo con los ojos de Dios

Hace unas semanas, una de las integrantes de la comunidad de Agentes de Transformación en Guatemala compartió con nosotros esta reflexión. Los nombres se han cambiado por seguridad.

“Roberto” y “Araceli” tienen 25 y 23 años actualmente. Ambos padres solían pasarse el día bebiendo… pasaban borrachos todo el día todos los días sin parar. De la mano con la borrachera, habían golpes, gritos, insultos, maltrato… Se llevaban a los hijos desde bebés a los bares, con lo cual se propiciaron situaciones que los hijos vieron y escucharon, que no corresponden a adultos con dignidad, mucho menos a niños.

Esta, entre otras situaciones en su vida, les llevó a crecer sin un sentido de dignidad, sin saber que es el verdadero amor. A veces jalando a su mamá para llevarla a casa, pues se había quedado tendida en la calle por la borrachera, luego, mamá los golpea porque ellos la debieron haber dejado con sus “amigos” en la calle.


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Pura Azúcar: una historia de gracia

Hace un par de semanas, me tocó vivir una serie de eventos llenos de enojo, dolor y angustia que milagrosamente se convirtieron en una celebración de vida.

Daniel Antonio, de 38 años de edad, fue baleado y asesinado un día viernes, mientras cerraba su tienda de venta de celulares en la ciudad de Guatemala. Todos nosotros lo conocimos simplemente como Azúcar. Cualquiera que se hubiera encontrado con Azúcar alguna vez, daría también testimonio de la manera que él endulzó su barrio entendería inmediatamente la razón detrás de su apodo.

Azúcar vivió su vida en uno de los barrios más infames en la Ciudad de Guatemala llamó “Sakerti.” Tal como tantos otros, él cayó preso de las trampas comúnes de drogas, pandillas y violencia. Hace un par de años él tocó fondo y se encontró a sí mismo como miembro del programa de rehabilitación de droga empezado y dirigido por Pastor Erwin “Shorty” Luna. Shorty ha sido un miembro clave de nuestra comunidad misional durante muchos años en la Ciudad de Guatemala, y uno de los capellanes en un proyecto de la demostración enfocado en miembros de pandillas encarcelados.


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El baile artístico del evangelio subversivo

Odilio Guzmán es un hombre con quien me encontré brevemente en un par de ocasiones. Desde entonces, no lo he vuelto ver. El fue la primera persona que me ilustró una conexión entre el baile y el evangelio. Estaba recién casado, menos de una semana, cuando estrellé el carro de mi esposa en el camión de una compañía mientras iba volando sobre la 5ta avenida en el norte de Filadelfia. Un carro que ella realmente amaba. El verdadero problema fue que ella estaba sentada a mi lado cuando choqué con Odilio. Esa fue la primera vez en mi vida que recibí “esa mirada,” la mirada que aterra a cualquier hombre casado pocas veces en su vida.El accidente había sido completamente mi culpa. Yo iba apresurado y no pude esperar para que él terminara de hacer un giro en medio de la calle. Yo salté del carro en un intento de salvar mi pellejo frente a mi recién casada esposa, acusando furicamente a Odilio por tratar de hacer un cruce estúpido en medio de una calle tan transitada. Ni mi actitud ni mi lenguaje estaban siquiera por un poco sacudiendo al hombre. Después de todo, yo era un graduado de seminario y ministro ordenado. Por lo que se veía en el costado del carro de Odilio, él era una persona que se dedicaba a arreglar ventanas para ganarse la vida. Este incidente terminó convirtiéndose en un duelo de hombres acerca de de quién tenía el mejor acercamiento a la esencia del evangelio.