Ojos que escuchan y manos que hablan

No soy de las personas que se quejan por vivir en países del “cono sur,” las mal llamadas “países en vías de desarrollo.”  Por lo general, disfruto de la creatividad e ingenio para crear alternativas, de lo pintorescas que son nuestras respuestas, de las maneras en que hacemos frente a las crisis “porque ya estamos acostumbrados.”  Pero hay momentos en que vivir en países como los nuestros, se hace un tanto frustrante. Cuando voy caminando y me tropiezo, o veo alguien que necesita un acceso especial para discapacitados, es cuando más quisiera vivir en un país diferente. ¿Rampas, señales, accesos?  Son esos momentos en que busco alrededor y no hay nada. Nada.

Y es que las necesidades son tantas, y tan variadas, que el bienestar de una “minoría” (aunque la minoría es en realidad más de un millón de personas), se deja de lado ante otras prioridades más inminentes.  Esto pasa en contexto de gobierno, de sociedad y aún más a menudo, en contexto de iglesia.
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Aprendiendo con los pies

Recientamente, tuve el privilegio de ayudar en un taller impartido en un colegio aquí en Guatemala. Era un colegio enorme y elegante, donde les enseñan a los estudiantes en tres idiomas. Las instalaciones son hermosas. El evento era una serie de talleres con la fundación Artes Muy Especiales – Guatemala. Ellos son parte de las organizaciones de la red de Estrategia de Transformación, y trabajan entre personas discapacitadas de diferentes edades, desarrollando sus talentos y en busca de lograr sus metas. Les ofrecen diversas clases de danza, pintura, música y otras formas de arte. Buscan desarrollar a los artistas que tal vez están en “los lugares más bajos”… Muchas personas discapacitadas se encuentran en las calles, otros abandonados por sus familias, otros encontrados en casas hogares. Otras tienen oportunidades mejores pero entienden el potencial de las artes para expresarse y tocar el corazón de otros.

 


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