¡Calles para andar en bicicleta!

Biblia, Guatemala, Historias de Transformación, Unidad

Anoche, en una impulsiva decisión me uní a cerca de mil participantes en el Recorrido nocturno en Bicicleta organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Guatemala. Esta mañana leía más sobre la idea detrás de esta actividad: -crear núcleos de convivencia, recuperar espacios públicos, formar conciencia y cultura del deporte-, y no pude menos que pensar en el potencial que hay detrás de dos ruedas.

Cada metáfora detrás del movimiento, del equilibrio, del impulso, del ritmo… todo se combina en la misma manera que en la vida, junto a la presencia divina que juega y se esconde en las calles.

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Y así fue anoche, cuando arrancamos el recorrido.  Y pedaleamos durante más de dos horas por 19 kilómetros.  Y fue emocionante, divertido, sin inconvenientes. Y podría narrar la versión deportiva, pero para mi fue mucho más que eso. Por un momento… tal vez diez cuadras, me quedé sin respiración.  Durante un kilómetro del trayecto mi corazón latió con un ritmo diferente.

Y es que los organizadores la actividad no divulgan el recorrido previamente y lo cambian cada mes, por lo que todos íbamos expectantes de cual sería la ruta. Parte de la belleza de una ciudad como Guatemala, es la diversidad que se encuentra en un abrir y cerrar de ojos.  Mientras manejábamos por el distrito financiero, entre bancos, universidades y centros comerciales, los comentarios eran “debería quedarme acá porque aquí estudio, o aquí trabajo”.  Pero cuando enfilamos hacia la zona 5, al principio entre bromas la gente empezó a decir “vamos a irnos por la Limonada, ja, ja, ja”… y de repente, la broma se hizo verdad: estábamos a las puertas del asentamiento más grande de Centroamérica.

Si. Las mismas calles que muchos de ellos no se atreven a recorrer de día,  estando acompañados, o en carro… las estábamos recorriendo de noche y en bicicleta. Uno a uno, los mil ciclistas rodaron por una de las calles con peor reputación de la ciudad. Y no lo quiero idealizar, pero definitivamente fue una versión guatemalteca de lo que el profeta Zacarías vio: una ciudad donde se puede vivir, donde los ancianos y las ancianas caminarán  apoyados en sus bastones y se sentarán juntos en las plazas,  y las calles de la ciudad se llenarán de niños y niñas que juegan.

Mientras los comentarios se empezaron a hacer más cautelosos y en voz baja, y los ciclistas alrededor mío decían “no tengo ni idea de donde estoy”, yo decía por dentro lo que había escuchado minutos antes: aquí me quiero quedar para mañana… y me emocionaba al reconocer la calles, y saber que ahí vive Vitalino, o al pasar frente a la casa de Yoli, o la iglesia donde celebramos actividades con los niños de las Academias de Vidas Plenas.

Y si bien, las calles tuvieron un impacto especial, aún había aún más para saborear.  Minutos antes, mientras manejábamos por el área comercial y empresarial, los carros tocaban la bocina desesperados, con afán y enojo por la espera.  Pero cuando recorrimos las calles que circunvalan La Limonada, la reacción fue opuesta.  No se si los demás lo veían venir.  Al menos yo jamás lo pensé. La gente empezó a salir de sus casas a ver el improvisado desfile de ciclistas.  No tenían idea que pasaríamos por ahí, pero cuadra tras cuadra nos recibió una serie de sonrisas, gritos, música, aplausos, saludos… familias enteras “haciendo valla” y vitoreando al grupo. Un calor humano imposible de capturar en palabras.

Pero el movimiento en una bicicleta tiene el riesgo de jugar con nuestras imágenes, y hacerlas borrosas y efímeras.  El segundo en que pasamos frente a esa casa es eso: un segundo y ya.  Y ese era mi miedo esa noche. Que un cuadro hermosamente pintado por la mano de Dios  en las calles de la Limonada se pudiera perder entre la algarabía y  adrenalina del resto del recorrido.

Mientras el corazón me latía a reventar al ser testigo de una visión increíble, lágrimas rodando, y sabiendo que sería una noche inolvidable para mi, me preguntaba qué pasaba por la cabeza de otros ciclistas. Al menos por hoy, se lo que tengo, y anoche fue una bella manera de recordarlo:  Tengo el privilegio de ver día a día como un gran rompecabezas va tomando forma, para hacer realidad la imagen que Dios tiene para la ciudad de Guatemala.

Liz Herrera ama aprender, leer, tomar una buena taza de café y encontrar formas creativas de combinar sus pasiones: comunicación, ministerios urbanos, artes mixtas y acción social. Liz es periodista y ha servido al lado del equipo de CMT Guatemala desde el 2006 y ha trabajado por 12 años entre la población marginada con iglesias y organizaciones no lucrativas. Encuentra más de ella en su blog.

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