Los patojos…

Un día cualquiera hace algún tiempo, llegaron a mi correo dos preguntas. El origen ambas era el mismo caso: un grupo que incendió todos los “bienes materiales” que poseían los jóvenes en condición de calle que se suelen mantenerse en un parquecito a inmediaciones de la zona 11.incendio


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El ministerio de las bancas

Un día cualquiera, al final de su jornada, era posible que debiéramos esperar por ella. Tal vez estaba en unas gradas hablando con alguna de las mujeres que trabajan en la prostitución que se mantienen afuera de la iglesia, o sino, sentada en la última banca, junto a una viuda o anciana, o quizá apresurando sus pasos para traerle unos pañuelos desechables a alguien que llora.  Ella es el mejor ejemplo que conozco de lo que llamo “el ministerio de las bancas”. 
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¡Calles para andar en bicicleta!

Anoche, en una impulsiva decisión me uní a cerca de mil participantes en el Recorrido nocturno en Bicicleta organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Guatemala. Esta mañana leía más sobre la idea detrás de esta actividad: -crear núcleos de convivencia, recuperar espacios públicos, formar conciencia y cultura del deporte-, y no pude menos que pensar en el potencial que hay detrás de dos ruedas.

Cada metáfora detrás del movimiento, del equilibrio, del impulso, del ritmo… todo se combina en la misma manera que en la vida, junto a la presencia divina que juega y se esconde en las calles.

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Amarilis

AmarilisSus pétalos escarlata brillaban.  Casi sangrando al ser besados por el sol a través de la ventana.  La mañana anterior había floreado.  “Solo da flores dos veces al año”, -dijo mi amigo, al verme absorta frente a la flor.  “Se llama Amarilis”… luego descubrí que en griego significa ‘resplandeciente’.

Me quedé callada, tratando de articular mis ideas mientras el corazón me palpitaba cada vez más rápido. No. Esa no es la Amarilis que yo conozco.  Mi concepto detrás de ese nombre  tiene rostro.  Una Amarilis abatida.  Cargada y herida.  A ella la conocí en un callejón, mientras tres de sus hijos saltaban y corrían a abrazarnos.  Amarilis.  ¿Vienes de trabajar? -Le preguntó mi amiga. Amarilis asintió y bajó la cara llena de vergüenza.  Me tomó unos segundos entender el eufemismo.  Al empezar a conversar, ella me decía que robar era lo único que sabía hacer.  Lo había hecho por más de la mitad de su vida. Que ella sabía bien que nadie le daría otro trabajo, y que a estas alturas de su vida, sin estudios y con la necesidad de alimentar a sus hijos, no tenía mejor opción…

Y al explicarle a mi amigo la versión de ‘Amarilis’ que tenía en mi cabeza, cerró sus ojos y dijo en voz alta… “Señor… la ponemos en tus manos… que ella pueda ser la flor que estaba diseñada a ser.  Que su vida pueda sentir tu luz tocando y alcanzándole…”

“Y florece aún en invierno… en el tiempo más difícil para una flor…” me comentaba después. Varias veces he pensado en esa misma imagen desde entonces.  Hace unos días me topé con una frase que decía “No dejes que tu lucha se convierta en tu identidad”. Y nuevamente pensé en Amarilis.  La he visto un par de veces desde entonces.  Y hoy le pido al Señor otra vez por ella… y por la oportunidad de verla florecer en medio del frío, del viento y de la oscuridad del invierno.

Liz Herrera ama aprender, leer, tomar una buena taza de café y encontrar formas creativas de combinar sus pasiones: comunicación, ministerios urbanos, artes mixtas y acción social. Liz es periodista y ha servido al lado del equipo de CMT Guatemala desde el 2006 y ha trabajado por 12 años entre la población marginada con iglesias y organizaciones no lucrativas. Encuentra más de ella en su blog.

Flores que vuelan

Me quedé sentada, inmóvil, viendo cada detalle del proceso:  Ahí estaba ella, pequeña, frágil… se dio la vuelta y empezó a volar, cansada, despacio… como queriendo huir, sin ver hacia atrás.  Sus translúcidas alas estaban heridas.  Parecía que cada vez que las batía el dolor era insoportable, y a mi me dolía verla, agotando su instinto de supervivencia.

Y no supe definir si quería darle un nombre a la mariposa, o dibujarle alas multicolor a las mujeres que venían a mi mente… porque la imagen era tan clara y tan evidente:  y el sobrenombre de las hermanas Mirabal hacía tanto sentido al pensar ahora en la violencia de género.

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“Flores que vuelan” solíamos llamar a las mariposas, y cada vez que queríamos atrapar alguna que merodeaba en el jardín, mi papá nos decía: “Déjenlas en paz, ellas no merecen morir solo por el hecho de ser mariposas”.

Tampoco Laura, ni Mariana, ni Iris, ni Josseline, ni las hermanas Mirabal.  Ellas tampoco merecían morir por el hecho de ser mariposas: tan bellas, tan pequeñas, tan vulnerables y tan libres, hasta que alguien simplemente no quiso dejarlas volar más.


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Ya estuve ahí…

Foto: Sam Llanes.

“Si, me invitan a irme con ellos todo el tiempo, pero yo ya pasé por eso y no quiero regresar”. Tuve que respirar profundo para evitar llorar al escuchar estas palabras.   No por las palabras en sí, sino de quién provenían. Porque siempre hemos dicho que la sabiduría viene con los años, pero escuchar consejos, reflexiones y lecciones de vida de parte de niños, no hace mucho sentido.

Mientras otros preadolescentes apenas están empezando a escuchar a sus padres y maestros hablar sobre los riesgos de las amistades y las pandillas, yo escucho a un trece añero que me habla como viendo dentro de su historia.  Mientras hay ancianos que cuentan sus memorias a través de arrugas y canas, la sonrisa de Maynor todavía tiene un dejo de melancolía, de una historia demasiado reciente, demasiado cruda y demasiado injusta. Es una historia dolorosa, que seguramente ni siquiera ha terminado de procesar, pero que le permite hablar con más solvencia que la de muchos de los que estamos a su alrededor.  Lo escucho atentamente.  No le intimida hablar.  Es demasiado joven para saber de autocensura.  Tal vez sería más fácil hablar de fantasías, de deportes, de sueños y de aventuras… en lugar de eso me habla de sus años en la pandilla, de sus decisiones equivocadas y sus mayores miedos.
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La Gracia es como un río…

Durante los últimos dos años y medio, Joel Van Dyke y Kris Rocke han dedicado una gran cantidad de tiempo para escribir un libro titulado “Geografí­a de Gracia: Haciendo Teologí­a desde Abajo”.  Ha sido un proceso emocionante de descubrimiento, en el que resumen años de experiencia, reflexión teológica y testimonios profundos del ministerio encarnacional en lugares difíciles alrededor del mundo. En los próximos días, estará disponible la versión en inglés, y estamos programando y anhelando tener en nuestras manos la versión en español en los próximos meses.

Dos de las ideas que marcan el contenido de este libro desde el inicio, son:

  • La Gracia es como el agua; esta fluye hacia abajo y se reúne en los lugares más bajos.
  • Si vamos a probar los límites de la gracia debemos estar dispuestos a equivocarnos.

Muchos de nosotros hemos escuchado estas frases durante nuestro caminar en los entrenamientos ofrecidos por la Estrategia de Transformación. Ha sido sumamente interesante ver cómo muchos de los miembros de nuestras redes en los diferentes países, han parafraseado, se han identificado y usado estas ideas en sus propios contextos.
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“La sangre de tu hermano clama desde la tierra”

…Cuántas veces has tenido que cerrar el periódico para no seguir leyendo sobre un asesinato más. Cuántas veces has pasado frente al cordón amarillo que puso la policía en la escena de un crimen sin poder más que llorar y suplicar a Dios por las familias de los involucrados.  Una muerte más. Un joven más. Un conductor más. Un niño más. “Una vez más” es demasiado. Es  “una más” de lo necesario. Cuando el valor de la vida cobra nuevos parámetros, la violencia y la muerte están a la orden del día en cada esquina del país, la impotencia y el desconsuelo son sentimientos naturales, pero en las últimas semanas, he tratado de reflexionar en otras maneras en que la Palabra nos guía en medio de estos tiempos difíciles.

“La sangre de tu hermano clama desde la tierra.” 

Hace unos días leía el libro Poder y Pobreza del autor Dewe Hughes, y mencionaba este pasaje de Génesis 4:10, analizándolo como el sentimiento  más básico ante la falta de justicia y el uso incorrecto del poder de parte de ciertos grupos. 
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Una reunión de confianza

Esta semana, tuve la inmensa bendición de acompañar a mis queridos amigos de La Limonada en “una reunión de confianza.” Cuando caminábamos hacia el lugar, alguien preguntaba si íbamos hacia un servicio religioso, o un culto… pero el estereotipo detrás de estas palabras es tan fuerte, por lo que una “reunión de confianza” captura mejor lo sucedido esa noche y fue el nombre que una persona de la comunidad usó.

Pero era una reunión con una historia trágica detrás: hace unas semanas, (y entre diversas versiones de los hechos) nos encontramos con la terrible noticia de la muerte de dos jóvenes luego de un enfrentamiento armado. En medio de la conmoción, una bala perdida alcanzó a una tercera persona: un niño de 3 años con 8 meses de edad, alumno de una de las escuelitas dirigidas por Hna. Tita Evertsz. Desde ese día, han habido rumores, comentarios, muchas especulaciones sobre los muchachos, que enturbian aún más la historia de lo ocurrido y el ambiente, en medio del dolor y la tristeza.


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Tiempo de llorar

Guatemala es un país donde morir por edad avanzada es un privilegio.  Con 17 muertes violentas en promedio cada día, es cada vez más difícil que un joven llegue a ser anciano: en América Latina, aquellos que tienen entre 14 y 25 años de edad, están en el grupo más vulnerable para morir. Hace unos días, Norma Cruz de la Fundación Sobrevivientes daba unas declaraciones fuertes y difíciles de procesar: desaparecer en Guatemala es casi sinónimo de aparecer muerto, o jamás aparecer.

Al trabajar con líderes y poblaciones vulnerables y en lugares de alto riesgo, sabemos sobre la fragilidad de la vida y experimentamos constantemente la realidad de la muerte alrededor nuestro. Como creyentes tenemos una base de fe y esperanza que nos consuela, pero aún así duele… porque morir por causas prevenibles, o por una carretera que se abre bajo los pies de una pareja caminando, morir por un accidente de tránsito o un diagnóstico médico que llegó demasiado tarde, no es fácil de comprender. Y es que morir en Guatemala viene en formas tan diversas, que no caben en la cabeza… Cuando la vida ha perdido su valor para muchos, y las muertes son una estadística, una noticia más en los medios de comunicación, nosotros no podemos dejar de pensar en cuantos nombres, rostros e historias hay detrás de esos números.
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