El ministerio de las bancas

Un día cualquiera, al final de su jornada, era posible que debiéramos esperar por ella. Tal vez estaba en unas gradas hablando con alguna de las mujeres que trabajan en la prostitución que se mantienen afuera de la iglesia, o sino, sentada en la última banca, junto a una viuda o anciana, o quizá apresurando sus pasos para traerle unos pañuelos desechables a alguien que llora.  Ella es el mejor ejemplo que conozco de lo que llamo “el ministerio de las bancas”. 
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