¡Eso es iglesia!

En nuestro país, cuando recibimos una lluvia repentina y de corta duración decimos: “Es un chubasco.” La definición de la palabra es: “Lluvia fuerte, repentina y de corta duración, acompañada de mucho viento.” Tomando la definición como punto de partida, pienso: en dominicana tenemos muchos cristianos tipo chubascos. ¿Cómo? Bueno, se que puede causar molestias, pero me aventuro. Creo que los cristianos en mi país nos hemos acostumbrado a lanzar ráfagas de aguas, repentinas, cuyo efecto es corto y hacemos mucho ruido.

Mientras que la sociedad nuestra se debilita cada ves más por toda suerte de injusticias, corrupción, falta de educación, servicio de salud deficiente, impunidades, inseguridad y una lista de tantos otros males. Una comunidad cristiana que hace tantos ruidos, debería haber logrado cierto impacto en las masas irredentas. Pero no. Nuestra sociedad acumula deudas sociales terribles cuya ancianidad es espantosa.

Ante todo ello, nosotros, sí nosotros, nos ensimismamos en nuestro cristianismo, a veces muy cómodo. Nos hemos tomado a Cristo sólo para nosotros. Hemos olvidado que la gracia es para los que están afuera. Desde dentro nos estamos gastando y la sociedad dominicana languidece poco a poco. Quizás es que nos convertimos en activistas, y no nos dimos cuenta. Eso si, actividades tenemos y muchas. Hacemos mucho ruido con nuestas actividades. Si esa fuera una medida necesaria para alcanzar el cielo, ya nos pasamos.

Mientras, aquí en la tierra de Duarte la gente no siente cambios en sus vidas como producto de ello. Parece que no somos relevantes con ese estilo. ¿Alguien tiene algo mejor que ofrecer? Oh, vayamos a los evangelios. Allí está Jesús. El camina entre gente pobre, sucia, enfermos, esclavos de toda suerte de vicios y estructuras sociales. El habla contundente pero no hace mucho ruido. El cuestiona a la clase gobernante. El hace justicia a mujeres sin nombre y rechaza a los religiosos de turno. Dijo: “El reino de los cielos se ha acercado.” La gente que escuchó, vio un nuevo amanecer.

12 tipos cuyas vidas hubiesen pasado inadvertidas fueron radicalmente cambiados. Ellos se fueron por ese camino. Llegaron a Hechos (el libro). Allí están trastornándolo todo. Son como hormigas. No se cansan. Los apresan y se hacen más fuertes. Los matan y la tierra pare más de ellos. Se hicieron incontrolables. ¿Cómo fue que llegamos aquí, a esto? ¿Dónde fue que aguamos la cosa? En algún momento nos perdimos. Luego de saltar barreras, de decir la verdad, de ofrendar nuestras vidas…nos perdimos. De esa forma, la sustancia de nuestra cristiandad se diluyó en un punto caprichoso. Nos hicimos sospechosos uno del otro. Preferimos la vanidad de nuestros encuentros y la fragancia de nuestra adoración. Levantamos nuestros propios lugares altos. Insípidos. Ellos (los de a pié) dicen que no le sabemos a nada. Están a punto de escupir nuestras confesiones de sus bocas. Han esperado mucho tiempo para ver a Jesús en nosotros. Pero, ¿habrá esperanza? Sólo cuando nuestro cristianismo se convierta en una lluvia persistente de la gracia de Dios bañando nuestra geografía y trayendo liberación a tantas estructuras podridas.

Cuando nuestro estilo de vida desafíe tanta monotonía. Cuando al acercarnos se acerque el Reino de Dios a la gente. Cuando sembremos paz en una sociedad atomizada por los conflictos. Cuando oremos una vieja oración como la de Mateo 6:5-13. Cuando sepamos abrazar, unir, construir puentes, restaurar nuestras familias. Cuando dejemos nuestras lágrimas con él que sufre. Cuando alcemos la voz por quienes ya no tienen fuerzas. Cuando la gente vea a Jesús en nosotros. Entonces ellos sonreirán y juntos canteremos un nuevo canto. Entonces escucharemos el sonido de la lluvia (la gracia de Dios) que no quiere parar. Habrá algún estruendo una que otra vez y la lluvia seguirá cayendo. Estaremos danzando en las calles. Y entonces, alguien dirá: “Eso es iglesia!”

Descansando en el Señor

“Yo me acosté, y dormí y desperté porque el Señor me sustentó.” Salmo 3:5

Hace un par de semanas, el pastor Jorge Hernández (Little G), miembro de nuestra comunidad de la EdT,  compartió un devocional muy especial con la red de ministerios de Guatemala.  Algo que lo hacía especial, era cuan pertinente fue para cada uno de nosotros.  Además, pudimos abrir nuestros corazones con honestidad, y poder confrontarnos unos a otros en amor respecto a este tema.  Es uno de los temas más difíciles de incluir en la agenda de muchos hermanos y hermanas sirviendo en lugares difíciles entre comunidades en alto riesgo.

Y es que más allá de lo que estamos haciendo, este devocional nos llevó a pensar ¿qué no estamos haciendo? Para muchos de nosotros, la respuesta es: descansar.  Casi nunca nos detenemos, respiramos, tomamos una pausa en el correr del ministerio día a día.  Aún más, esto se ve reflejado en nuestros hábitos alimenticios, nuestra manera de conducir vehículo, la manera de hablar por teléfono e incluso al llegar a la casa, en nuestras horas de sueño.
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Carmen

Durante más de cinco años he conocido a la familia de los pastores Avelino y Carmen Guzmán: una familia grande con un corazón aún más grande. Desde la primera vez que les conocí y escuché hablar con tanta fe y pasión, sus palabras siguen haciendo eco; cada conversación me dejaba con un reto y con una historia emocionante para contar. Cada visita ha sido diferente, pero recuerdo en particular la primera vez que estuve en su congregación:

El programa de alimentación que dirigen fue el primero que conocí de cerca: niños corriendo, algarabía, risas, gritos, algunos empujones… y luego, a la hora esperada, un grupo de vocecitas al unísono saludando, agradeciendo y compartiendo juntos un tiempo especial en el que el equipo dirigido por Hna. Carmen de Guzmán les servía el almuerzo. Esta imagen se ha repetido durante años en la zona 12, y se ha extendido en ocasiones a otras áreas de la capital y el área rural. Mientras a los ojos de otros, los programas que proveen un tiempo de comida parecieran suplir solo una entre tantas necesidades de estos niños, la realidad ha sido diametralmente diferente al poder acompañar, compartir y ver frente a frente a una familia entregada, comprometida y que vive de manera encarnacional en su propia comunidad. En un país con casi 50% de desnutrición infantil, ningún esfuerzo es poco en el tema de salud alimentaria, pero comedores infantiles como el ubicado en esta iglesia, tienen un elemento adicional: desde la planificación del menú, hasta que se sirve cada porción, el proceso está acompañado de oración, cercanía, empatía y amor constante.


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